Odio las esperas porque nunca sé que hacer. Normalmente me siento a dejar que pase el tiempo, intento no pensar en esa persona a la que estoy esperando porque de hacerlo no la recibiré con una sonrisa y sobretodo miro el reloj. Miro mi reloj continuamente de un modo enfermizo, como si el tiempo pudiese ser presionado para ir más deprisa y evitarme, al menos en parte, el agónico estado de espera.

Y no es la soledad lo que me desespera, bien sabe el que me conoce que amo la soledad y que no conozco el significado del silencio incómodo; de hecho creo que el silencio es capaz de expresar mucho más que horas de conversación, pero del silencio hablaremos otro día. ¿Y ahora qué hago? El eterno dilema, hay ocasiones (como la del mismo instante en que escribía estas líneas) donde la espera tiene un final acotado, y sabiendo que tienes un tiempo concreto que salvo raras excepciones no se prolongará es menos tedioso elaborar un plan de acción anti aburrimiento.

Hoy mi plan, como otras muchas veces esperando en la terminal de algún aeropuerto, es escribir lo primero que se me pase por la cabeza. Normalmente historias de idas y venidas, maletas rotas y caras conocidas… desde la maravillosa soledad que envuelve a la multitud, seguiré escribiendo, leyendo y esperando mi avión.